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Ni drogas, ni depresión: la cruel enfermedad que empujó a Robin Williams al suicidio

Ni drogas, ni depresión: la cruel enfermedad que empujó a Robin Williams al suicidio
Los medios no dejaron de especular sobre las causas del suicidio. Ahora, a seis años de su fallecimiento, se trata de saber la verdad
Por iProfesional
16.01.2021 10.28hs Recreo

Aquel fatídico 11 de agosto de 2014 la noticia de la muerte del cómico de las mil caras y las mil voces, Robin Williams, supuso todo un terremoto mediático, sobre todo al anunciarse  que fue un suicidio.

Williams se había colgado con su cinturón en un armario de la habitación en la que dormía solo debido a sus problemas de insomnio. Su mujer Susan Schneider, al ver la puerta cerrada, pensó que estaría durmiendo tranquilamente y se marchó a trabajar. La espeluznante escena la descubrió su asistenta por la mañana.

Los medios no dejaron de especular sobre las causas del suicidio e inflaron las noticias de falsos rumores: depresión, tristeza, problemas con las drogas, bipolaridad, bancarrota...

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La culpa de su deterioro físico y mental la tenía una devastadora enfermedad que jamás le fue diagnosticada

Rápido deterioro

Nada más lejos de la realidad. Robin llevaba tiempo encontrándose mal, y la culpa de su deterioro físico y mental la tenía una devastadora enfermedad que jamás le fue diagnosticada, la demencia con cuerpos de Lewy, hasta que se le practicó la autopsia.

Se trata de un trastorno neurodegenerativo que afecta la memoria y las capacidades motoras del que Susan solo tuvo conocimiento en octubre de 2014, cuando recibió el informe forense.

El documental El deseo de Robin, dirigido por Tylor Norwood y que estrena este viernes en exclusiva Filmin, arroja luz sobre sus últimos meses de vida y analiza precisamente los síntomas de esa dolencia de la mano de los testimonios de médicos, la viuda del actor, amigos y vecinos del intérprete estadounidense, además de contar con imágenes de archivo y declaraciones del propio Williams.

La pesadilla comenzó dos años antes de su fallecimiento. Susan recuerda que solían ir al Throckmorton, una sala donde Robin actuaba. Al actor, que adoraba rodearse del contacto con el público "no le apetecía tanto estar con la gente entre bastidores. Parecía inseguro al salir al escenario".

"Sin saberlo, hemos estado luchando contra una enfermedad mortal que no tiene cura. Sin embargo, durante este proceso su corazón se mantuvo fuerte", afirma Schneider, a la que vemos en la intimidad de la espectacular casa que compartía con el actor en la bahía de San Francisco.

La agilidad mental de Williams empezó a menguar. Le era complicado memorizar las frases de los guiones y él sabía que algo iba mal. En esa época trabajaba en la tercera entrega de "Una noche en el museo" y en la serie The crazy ones.

Pese a que intentaba disimular los temblores de su mano, el actor se las arregló para salir adelante durante un tiempo. Hasta que en el rodaje de Noche en el museo: el secreto del faraón, le dio un ataque de pánico.

"Yo intentaba tranquilizarlo, pero veía cómo se le derrumbaba la moral. Me dijo: 'No sé que está pasando, pero no soy yo'", comenta por primera vez en público el director de la película Shawn Levy, que destaca cómo el actor había sido "una chispa constante de ideas".

"La demencia con cuerpos de Lewy aumenta la ansiedad, las inseguridades, provoca delirios, alucinaciones, insomnio, y en muchas ocasiones termina en suicidio", señala el doctor Bruce Miller, director del Centro de la Memoria y el Envejecimiento en la Universidad de California San Francisco.

Y añade: "Las personas con cerebros excepcionales, que son increíblemente brillantes, suelen resistir y tolerar mejor las enfermedades degenerativas que las que tienen un cerebro normal. Esto demuestra que Robin Williams era un genio".

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La agilidad mental de Williams empezó a menguar durante los ùltimos años de su vida

Cambio de personalidad

Así, Williams tuvo que hacer frente durante sus últimos meses de vida a síntomas y alteraciones que le impedían ser la persona alegre y extrovertida que siempre había sido. Había perdido su frescura y espontaneidad.

"¿Tengo Alzhéimer, demencia, esquizofrenia?" preguntaba nervioso a los médicos. La respuesta era siempre negativa. Solo le diagnosticaron Párkinson, pero saber que padecía esa enfermedad no era suficiente. "Tener un diagnóstico lo hubiera sido todo", dice Susan. "Si simplemente hubiéramos sabido el nombre de la enfermedad que sufría Robin, solo eso le habría dado un poco de paz".

El deseo de Robin recupera imágenes y vídeos de Williams en Nueva York, allá por 1973, donde estudió en la prestigiosa escuela de interpretación Juilliard junto a su amigo Christopher Reeve (Superman). Luego volvería a San Francisco a hacer comedia en vivo y provocar la risa del público hasta que no podían más. ¡Era tan gracioso!.

Entretuvo a las tropas estadounidenses en Irak y Afganistán y consoló a los soldados heridos. "Conectó con ellos y los hacía sentir bien", apunta visiblemente emocionada Elaine Rogers, presidenta de United Service Organization.

La magia, la genialidad y la creatividad desbordante que emanaba de ese alma cariñosa se había evaporado. Ya no quedaba nada a lo que aferrarse y se fue consumiendo, aislándose cada vez más. "Quiero ayudar a la gente a tener menos miedo", dejó escrito en un libro. Es una lástima que nadie pudiera hacer nada por ayudarle a entender y superar sus propios temores.

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