La épica historia de Schcolnik: escapó de la guerra y revolucionó en la Argentina el negocio del packaging

La épica historia de Schcolnik: escapó de la guerra y revolucionó en la Argentina el negocio del packaging
Cuando empezó su negocio, la estrategia de Wolf respondía a ciertas premisas, sobre todo a que su palabra tuviera el mismo valor que un documento firmado
Por Daniel Balmaceda
25.07.2021 19.21hs Actualidad

Tenía la obsesión de huir. Quería irse, escapar, tomar distancia del lugar donde había nacido. Alejarse de Odessa, la ciudad que soportaba graves problemas sociales internos y guerras externas. Odessa, la urbe ucraniana a orillas del Mar Negro, era una bomba de tiempo, y Vladimir Schcolnik, nacido en 1890, aún no había cumplido 20 años y quería huir.

Lo intentó un par de veces, sin éxito. En medio de aquellas fugas fallidas, conoció a Eugenia Drubich, de una familia acomodada que, por diferencias económicas más que sociales, no aprobaba el noviazgo. Conociendo su tendencia al escape, es fácil inferir que los chicos huyeron. Regresaron luego de un año de vida clandestina, con el acta de matrimonio y una hija. La familia política terminó aceptando al yerno.

El nuevo intento de fuga fue en 1911. Se despidió de Eugenia, embarazada por segunda vez. Escondido dentro de una montaña de alfalfa seca que transportaba un cochero en un carro viejo, cruzó la frontera rusa y alcanzó Alemania. Sus alternativas eran Estados Unidos o Argentina. Se decidió por Buenos Aires.

Dejó atrás el Vladimir y pasó a llamarse Wolf Schcolnik. Gracias a un amigo, tuvo un cuarto donde dormir. Trabajó de peón de la construcción y, a base de sacrificios, reunió dinero para traer a su familia. Su hijo Enrique nació en el barrio del Abasto, a finales de 1914.

En 1916, aprovechando su experiencia como empaquetador (tarea que había hecho en Rusia durante tres años, a cambio de comida), consiguió emplearse primero en la droguería La Estrella, de Silvestre Demarchi, y luego en la bombonería Godet, de Daniel Bassi. Mientras tanto, iba gestando su propia empresa. Durante su tiempo libre, fabricaba envases en su casa. Cuando advirtió que ya nada podía torcer su deseo, comenzó su carrera independiente.

Las estrategias de su negocio

Las bombonerías fueron sus primeros clientes

La estrategia que había trazado debía responder a ciertas premisas. Sobre todo, que su palabra tuviera el mismo valor que un documento firmado. En cuanto a la producción, solo fabricaría envases para alimentos, ya que la demanda sería constante e infinita.

Sus primeros clientes fueron la bombonería Godet, la caramelera La Perfección y la fábrica de chocolates de Felipe Fort.

Los dulces productos que ofrecían estas compañías, y que se convirtieron en regalos cotidianos, hicieron que necesitaran un estuche especial. Schcolnik dio un paso fundamental en el mundo del packaging con sus cajas de lujo. El envoltorio pasó a tener mucha relevancia porque era habitual que, una vez consumido el contenido, se conservaran las cajas para guardar otros objetos.

Durante toda la década de 1920, don Wolf fue consolidando el negocio, incorporando personal y comprando maquinaria que lo mantuviera en lo más alto del podio de los innovadores en su rama. Podría decirse que en aquel tiempo, el de los años locos y el auge del consumo, ya había alcanzado una estabilidad económica sólida. Pero había algo intangible que venía cosechando a través de su conducta comercial y que se materializó en 1929.

Ese año, la firma Noel lanzó un concurso para bautizar un chocolatín. Miles y miles de nombres fueron sugeridos por los concursantes. Un jurado eligió la propuesta hecha por la niña Elsa Carreta y la golosina llevó el nombre "Kelito". Pocos días después, la fortuna y un gerente de Noel golpearon la puerta de Schcolnik. El tenaz ruso había sido elegido para fabricar el envoltorio del chocolatín, cuyas ventas fueron masivas. A esa altura, ya contaban con una fábrica de cartón corrugado y envases de cartulina en el barrio de Mataderos.

De todas maneras, la crisis de aquel año, que sacudió la economía mundial, también lo afectó. Se encerró a planear una estrategia. Reunió a los empleados y les anunció que si aceptaban una rebaja del 10% de sus ingresos, no se iba a despedir a nadie. Los trabajadores aceptaron sin dudarlo. Y la empresa salió a flote luego de una de las peores crisis que se recuerdan.

El mundo de los cartones

Para los 30, contaban con una fábrica de cartón corrugado y envases de cartulina en Mataderos

Los objetivos comerciales marchaban en paralelo con los familiares. En definitiva, Wolf y Eugenia fueron una pareja más de inmigrantes que alzaban la bandera de la superación en favor de sus hijos. Los del matrimonio pudieron abocarse a los estudios, de acuerdo con el deseo de sus padres. Enrique estudió Derecho, carrera que había seguido con entusiasmo por su vocación hacia las leyes y la jurisprudencia. Sin embargo, cuando se recibió en 1940, continuó junto a su padre en el mundo de los cartones.

El gran Wolf murió en 1947 y la posta quedó en manos de Enrique. No lo hizo nada mal. Muy por el contrario, diversificó el negocio y aumentó el personal y la producción. Plantó su propia fábrica modelo de materia prima en Villa Tesei, Hurlingham. ¡Si el padre hubiera visto lo que logró el hijo en pocos años!

Su visión del negocio fue determinante para marcar el rumbo, no del empaquetado, sino del marketing. Logró imponer la idea del packaging como argumento de venta.

En el año 1953, cuando la planta comenzó a producir, Enrique estaba lejos de imaginar que una nueva pasión le daría un impulso impensado a su vida. Fue a comienzos de 1962, cuando un maestro, Nicolás Levaggi, lo visitó para pedirle ayuda. Contaba con un terreno para construir una escuela, pero eso era todo lo que tenía. Enrique lo tomó como un desafío. Colaboró con Levaggi y así nació la Escuela Wolf Schcolnik. Fue apenas el primero de varios proyectos que realizaron, luego a través de la Fundación que creó el empresario, para dotar de establecimientos educativos en su zona de influencia, en espacios rurales y también en Base Esperanza, en la Antártida. Además, la fundación promovió becas y otros tipos de ayuda a los estudiantes.

En ningún momento descuidó la evolución comercial. Inauguró plantas en las localidades de San Martín y Zárate, ambas en la provincia de Buenos Aires. Se retiró del negocio, pero siguió ligado a la fundación. En 1969, el doctor Schcolnik impulsó la creación del Instituto Argentino del Envase (IAE) y fue su presidente por cuatro décadas.

Se sabe que en muchos casos, la combinación de desavenencias familiares y una política económica fuera de control pueden ser letales. Esto ocurrió en 1988, cuando se cerraron las puertas de la empresa. Había cumplido su ciclo.

Enrique Schcolnik murió el viernes 7 de mayo de 2010. Tenía 95 años y un largo camino recorrido desde 1947, cuando tomó la posta de su padre. Fueron dos generaciones, pero en la historia comercial del país son inseparables. Los Schcolnik marcaron el camino del packaging en la Argentina.

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